viernes, 16 de marzo de 2012

Georges Psalmazar


A comienzos del siglo XVIII un misterioso extranjero cautivó a la alta sociedad londinense con sus fascinantes relatos de sacrificios humanos y canibalismo. Decíase llamar George Psalmanazar, nativo de la lejana isla de Formosa. La historia le reconoce como uno de los más grandes impostores de su época.


Aristócratas, clérigos y científicos competían entre si para llevarse a cenar al extraño joven, simplemente para escuchar sus historias. Formosa era un lugar exótico, y pocos podían ubicarlo en un mapa. Hoy en día lo conocemos como Taiwán, una isla en el mar de China.


Psalmanazar había acudido ante el obispo de Londres con una carta de presentación escrita por el Reverendo William Innes, que estaba destacado en un regimiento militar escocés con sede en Holanda. La carta explicaba la increíble historia de como los Jesuítas habían secuestrado al joven de su isla natal formosiana para llevárselo a Francia. A pesar de las amenazas de tortura, el joven se había resistido valientemente a la conversión al catolicismo y había logrado escapar a Holanda, donde conoció al capellán cuyo celo y dedicación logró convertirlo a la iglesia protestante.


La historia era pura fantasía, inventada por Psalmanazar y elaborada con la ayuda del travieso capellán. Pero el obispo – y cada uno de sus ayudantes – se tragaron cada palabra. Casi de la noche a la mañana, Psalmanazar se hizo una celebridad.


El visitante era indudablemente un hombre de talento. Podía conversar con el obispo en latín, y también hablaba en otros varios idiomas. Como regalo, le entregó al obispo el Catecismo de la Iglesia Anglicana traducido al “formosiano”.


Los patrones de Psalmanazar se morían de curiosidad por escuchar las descripciones sobre costumbres religiosas en Formosa. El imaginativo joven les contó que durante un festival religioso de 9 días de duración, se sacrificaba a 2.000 jóvenes al día sacándoles el corazón y quemándolos en un altar.


Cuando alguien le apuntó que con un ritmo de sacrificios tan alto, la isla de Formosa pronto quedaría despoblada, Psalmanazar explicó que sus compatriotas eran polígamos y que los primogénitos estaban exentos del sacrificio. La esperanza de vida en la isla, afirmó también, era de 120 años. Su propio abuelo había vivido 117 permaneciendo tan vigoroso como un jóven, gracias a la costumbre local de chupar la sangre tibia de una víbora cada mañana.


La audiencia de Psalmanazar suspiraba con deleite cuando les hablaba de las reservas de oro y plata de Formosa. No solo se usaban para decorar los templos sino que sus habitantes empleaban estos metales preciosos para cubrir los tejados y paredes de cada casa… en cada poblado de la isla.


Como el obispo entendió que era importante difundir las noticias sobre esta fascinante nación, él y sus amigos recopilaron una importante suma de dinero para enviar a Psalmanazar durante seis meses a la Universidad de Oxford. Le pidieron que diera charlas a los estudiantes y les enseñara los rudimentos de la lengua Formosiana, con la esperanza de convertirlos en buenos misioneros cristianos y enviarlos a la lejana Formosa.


Además, animaron a Psalmanazar a escribir un libro en el que relatase las costumbres de su exótico país. Publicado en 1704 con el título: “Una descripción histórica y geográfica de Formosa, territorio sujeto al Emperador del Japón“, el libro contenía descripciones maravillosas de los nativos de Formosa, sus vestimentas, su arquitectura y sus ceremonias religiosas. El libro incluía también el alfabeto formosiano, y una traducción del Credo, el Padre Nuestro y los Diez Mandamientos. Casi inmediatamente el libro se convirtió en lo que hoy llamaríamos un best-seller, y fue publicado de nuevo al año siguiente.


Sin embargo, Psalmanazar había cometido el primer error serio en el título del libro. Formosa era una provincia de China, no de Japón. Casi inmediatemente le llegaron las primeras acusaciones de fraude, pero Psalmanazar tenía como costumbre no retractarse nunca de sus afirmaciones.


En una segunda edición del libro, contestó a sus críticos de forma severa acusándolos de mentir. Siempre hubo entre sus oyentes quien dudó de la veracidad de sus historias, pero ahora el escepticismo iba en aumento.


Pronto, todo el mundo llegó a la misma conclusión: Psalmanazar era un fraude, y le desdeñaron y ridiculizaron con saña. Ya no encontró además el apoyo de su cómplice en el engaño, el capellán, al que habían asignado un puesto de importancia en Portugal.


El público al que tanto había deleitado le dio la espalda, y pronto tuvo que ganarse la vida desempeñando trabajos de poca importancia. Tras una seria enfermedad en 1728, se desdijo por completo de su vida pasada y escribió un libro de memorias que aparecería publicado tras su muerte, en el que se decidió a contar la verdad.


Psalmanazar murió el 3 de mayo de 1763. Tenía casi 84 años. Sus memorias se publicaron al año siguiente, pero hasta el día de hoy su verdadero nombre y su lugar de origen real siguen siendo un misterio.

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